por Aníbal Mon

El boom urbanístico que experimentó Pilar en los 90, con la proliferación de los barrios privados que atrajeron a miles de habitantes, generó también un fenómeno social.
Nuevos pilarenses recién llegados comenzaron a radicarse detrás de las barreras de las urbanizaciones cerradas y empezaron a hacer uso de una infraestructura comercial y de servicios especialmente preparada para ellos.
A partir de allí, aparecieron en escena en la ciudad dos estilos de vida paralelos que contrastaban por sus hábitos, costumbres y espacios. Y se presentaba un gran desafío: el de la integración.
El kilómetro 50 se convirtió en el epicentro “country”, mientras que los alrededores de la plaza 12 de Octubre continuaron siendo el territorio de los vecinos tradicionales.
La socióloga Cecilia Arizaga, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires (UBA), se encargó de estudiar a fondo el nuevo estilo de vida que se gestó en los verdes oasis de los barrios privados, su interrelación con el afuera y las conductas, problemas y preocupaciones de “los hijos del boom”.
Los resultados de ese trabajo -a los que la profesional arribó mediante entrevistas a adultos, niños y adolescentes- formaron parte del libro “El mito de comunidad en la sociedad mundializada. Estilos de vida y nuevas clases medias en urbanizaciones cerradas” editado el año pasado.
-¿Por qué eligió Pilar para estudiar este fenómeno?
-Me parecía que en Pilar se daba muy bien esa tensión que es muy típica de este fenómeno, que es por un lado esta construcción de comunidad y por el otro en un espacio que constantemente está tratando de innovar geográficamente en pos de una cultura globalizada o mundializada como pueden ser todos esos nuevos espacios como el kilómetro 50 que en Pilar fue paradigmático. Y cómo esos nuevos espacios de entretenimiento se conectaban a manera de redes con los barrios cerrados y con los countries.
-¿Aparece el concepto de burbuja cuando de habla de la vida dentro de los barrios privados?
-Cuando yo trabajaba con los grandes, el tema de vivir encerrados y de este lugar común que es la burbuja aparecía muy solapado. En algunos casos, sobre todo el de los que habían tenido que hacer un gran esfuerzo para llegar adonde estaban, pensaban que irse a Pilar a un barrio cerrado era un signo de movilidad social importante en un momento en el que la movilidad social no era ascendente sino descendente. Por eso, para muchos el tema de la burbuja era visto positivamente, cosa que a mi me llamó mucho la atención. En otros casos, trataban de minimizar el tema de la burbuja.
-¿Y cómo lo veían los chicos?
-La preocupación de ellos era “vivimos en una burbuja” y las consecuencias que eso les traía en la vida cotidiana, que iban desde la dificultad de ir sacar una fotocopia para el colegio hasta que el fin de semana querían salir y dependían de la madre para que los lleve. Eso era sobre todo en los secundarios. En los universitarios, eso se trasladaba al tema de que tenían muchas menos competencias para la vida profesional que las que puede tener un chico que va a la misma universidad pero que vive en la ciudad. Había chicos que se estaban por recibir y nunca habían ido a dejar un currículum de trabajo. El grado de angustia que les generaba la situación de cambio al recibirse se exacerbaba por sentirse faltos de competencias.
-¿Para ellos Pilar es el barrio cerrado y el kilómetro 50?
-Exactamente, había una distinción en términos despectivos que se manifestaba en ‘ellos son el suburbio y nosotros la naturaleza’. Pero por otro lado hay algo que surgió en los chicos, sobre todo cuando le hicimos entrevistas a los alumnos de secundaria, que es que le preocupaba muchísimo la autonomía de movimiento, algo lógico en cualquier adolescente. Ellos, buscando estrategias para subsanar esta complicación, decían ‘si yo voy al kilómetro 50 me tienen que llevar mi mamá o mi papá’. La alternativa era tomarse un colectivo que le quedaba muy lejos para llegar al pueblo y tener su salida ahí.
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La preocupación de ellos era “vivimos en una burbuja” y las consecuencias que eso les traía en la vida cotidiana, que iban desde la dificultad de ir sacar una fotocopia para el colegio hasta que el fin de semana querían salir y dependían de la madre para que los lleve.
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-¿Y qué les pasaba cuando se encontraban con esa otra realidad?
-Les pasaba, según contaron, que en el pueblo eran vistos como los invasores del lugar. Lo que aparece muy fuertemente es una idea de invasión de territorio, típico de cuando uno conforma un espacio en términos de comunidades. Hay territorios que son de uno y territorios que son de otro; pasa lo mismo cuando uno estudia las villas.
-¿El kilómetro 50 es el territorio de ellos?
-El kilómetro 50 es el territorio de ellos, si va alguien del pueblo es alguien que está en otro espacio; y el territorio del pueblo es de los nacidos y criados. Entonces, ellos se daban cuenta de que tenían que tratar de dar los menores signos posibles para no ser identificados como los chicos del country: iban vestidos diferente y otras estrategia para no dar cuenta de que ellos se convertían en otros. En ese sentido, fue muy interesante para dar cuenta de cómo se extienden los espacios de nosotros y del otro fuera del country.
Integración
-¿Se abordó en las entrevistas el tema de la integración con “los de afuera”?
-Ellos los que decían es que si iban al pueblo lo que querían de alguna manera era compartir un espacio y lo que veían era que estaban siendo discriminados, con lo cual el tema de la integración yo no diría que sea una cosa muy buscada, me parece que es una cuestión instrumental al punto de pensar que tienen que ir al pueblo porque es donde pueden llegar solos y donde consiguen ciertas cosas que no hay en el kilómetro 50. Por otro lado, resulta bastante imposible la integración en los términos que se está dando la lógica. Cuando hay una lógica del nosotros y del otro, el espacio no es un espacio común; en ese sentido la integración es complicada.
-Por otro lado, también hay barreras geográficas y físicas para la integración.
-Sin dudas. El que no es del barrio cerrado y no tiene la posibilidad de moverse de manera independiente con un automóvil privado no puede ir tampoco tan fácilmente a Jumbo, por ejemplo, más allá de que hay barreras que son más psicológicas o sociológicas. En el supuesto de que se llegue, hay cierto modo de desplazamiento en el espacio que es totalmente diferente al que te propone el pueblo acorde a la ciudad tradicional que tiene la figura del peatón, de la vereda, del caminar, del sentarte. Vos recorrés el kilómetro 50 y no da para caminar por afuera porque no tiene veredas. La figura del peatón en el mismo barrio privado se reduce a salgo a caminar para hacer ejercicio.
-¿Y estos peatones de barrio privado como se desenvuelven en la ciudad?
-Hay una serie de imaginarios urbanos que son totalmente desplazados. Los chicos de la universidad, por ejemplo, lo primero que te dicen es que el viernes a la noche se van para la ciudad y vuelven el domingo a la noche porque el lunes tienen que ir de vuelta a la facultad. Ellos se van el fin de semana a la ciudad para adquirir competencias de peatón, de urbanista digamos. Eso es muy interesante porque hacen e proceso al revés. Uno piensa en country para quedarse tomando sol el fin de semana y ellos, por el contrario, se van a la ciudad.
-Los chicos de los barrios cerrados ven algunas de estas cosas con conflicto y otras positivamente.
-Tampoco es que ellos dicen somos los pobres chicos del country, los pobres chicos ricos; no es esa figura. Lo que hacen es un juego mucho más reflexivo que lo que aparecía en las entrevistas del adulto. Ellos hacen un juego de compensaciones. O sea, no está todo mal vivir en el country. Está muy bueno vivir al aire libre, está muy bueno tener amigos cerca, está muy bueno tener cerca la posibilidad de hacer deportes, pero ven también las contras. Y en cierta etapa de sus vidas, la verdad que las contras son jorobadas.
-¿Elegirían el country para criar a sus hijos?
-Lo que ellos dicen es que no saben si el día de mañana cuando tengan chicos no se van a ir a vivir a un country, pero aclaran que tal vez lo harían hasta cierta etapa. En ellos aparece mucho más claro algo que a los adultos les resulta mucho más complicado decir, aunque después en la realidad muchas veces lo tengan que reconocer, que es esa especie de techo de cristal que muchas veces tiene el country. Responde muchas veces a las posibilidades de un ciclo vital familiar determinado; una vez que los chicos buscan otras cosas o se van a vivir a la casa de la abuela, o se van todos para la ciudad de vuelta.
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El paradigma de la ciudad country
-¿Piensa que Pilar es el lugar más paradigmático de lo que sería este estilo de vida?
-Lo que tiene Pilar es que realmente en los 90 Pilar fue el boom. Pilar en el imaginario social aparece como el lugar country. Pilar es una zona de imaginario de los 90, de este proceso y de qué pasó con las clases medias que unas cayeron, otras se sostuvieron como pudieron y otras subieron. Entre estas que se sostuvieron como podían, hubo muchas que la forma que encontraron para sostenerse era esa, irse al barrio privado. Los que se fueron a country no fueron sólo los que se llenaron de plata; hubo mucha gente que se fue al barrio privado con mucho esfuerzo porque pensó que era la manera de sostenerse en su ubicación social.
-¿Y es también Pilar un paradigma de la polarización entre zonas de countries y grandes bolsones de pobreza?
-Eso es algo que es típico de cualquier lugar de barrios cerrados, a donde vayas ves eso. Pero Pilar es como ese lugar que cierra desde todos lados. Pero sobre todo por como se conformó urbanísticamente con el kilómetro 50 como una isla de esparcimiento para el tiempo libre y con las otras islas que son los barrios privados. Todo esto con las redes que son las autopistas y que conectan a estas islas con la ciudad global. En este sentido, creo que Pilar es paradigmático.
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