Aníbal Mon
Bruselas o Don Torcuato, da igual. Raúl Carnota se ensimisma guitarra adentro y empieza descargar voces y acordes que suenan exquisitos al oído. Ese momento mágico y cautivante solo se quiebra con el reconocimiento de los aplausos al término de cada canción.
El cantante, compositor, guitarrista y percusionista inició hace un año la presentación de su último disco “Espejos” que lo llevó a realizar, durante el 2005, una gira de 2 meses y 25 presentaciones en 5 países europeos; y a recorrer casi toda la Argentina.
“La idea fue hacer un disco con dos versiones de un mismo tema, pero como dicen algunos no es lo mismo soplar que hacer botella. Como idea estaba buena, era muy original, pero cuando fui a hacerla no fue tan sencillo como parecía”, se sinceró Carnota, quien a lo largo de su extensa trayectoria acompañó como músico a artistas del tenor de Armando Tejada Gómez, Susana Rinaldi, Horacio Salgan, Hamlet Lima Quintana y Adolfo Ábalos, entre otros consagrados.
Además, obras de Raúl Carnota, como la zamba Grito Santiagueño o la chacarera Salamanqueando pa’ mi, fueron transformadas en clásicos del folclore nacional por la inconfundible voz de Mercedes Sosa.
-Algunos críticos le definen como folclorista y otros dudan en catalogarlo como un folclorista convencional. ¿Usted cómo se define?
-Sería más certero decir que yo soy un músico argentino porque, eso sí, nunca toqué otra cosa que no sea música argentina. Hago no solo música del norte sino música del litoral, vidalitas, tangos, de todo un poco.
-El hecho de haber acompañado a grandes poetas y músicos populares, como Hamlet Lima Quintana o Armando Tejada Gómez, ¿lo marcó profesionalmente al lo largo de su carrera?
-Y siempre algo entra, alguna bala entra. Yo era muy jovencito y estaba deslumbrado por ellos. Me la pasaba escuchando, yo cerraba la boca y escuchaba. Tuve la suerte de estar en una discusión sobre la Biblia, que nunca me olvidaré, entre Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana y Ariel Petrocceli. Ninguno de los tres eran fervientes católicos, pero hablaban con fundamentos, se conocían la Biblia de arriba abajo y de abajo hacia arriba. Y esas cosas no se borran porque es gente muy especial. Yo no sé si muchos católicos de los que van a la iglesia conocen la Biblia como estos tipos.
-Y musicalmente, ¿lo marcaron?
-Y mirá, yo en ese tiempo me ajustaba a lo que me pedían. Yo, por otro lado, fui de la generación del rock and roll; aprendí a tocar la guitarra con los Beatles y Los Chalchaleros. Aprendimos de esa manera y después fuimos descubriendo la bossa nova, el jazz y otras músicas. Todo eso te va enriqueciendo.
Entre la tradición y la vanguardia
-Su estilo tan particular de tocar chacareras con un compás de más, ¿tiene origen en esa base?
-Yo aprendí tocando chacareras con el bombo con Adolfo Ábalos, trabajaba como músico de él. Era un maestro, con él aprendí un montón de cosas de la música argentina con Adolfo. Y tuve la suerte de estar en los años 70 cerca de Horacio Salgan, del “Mono” Villegas, y yo era muy pibe, estaba con ellos y no lo podía creer.
-¿Se podría decir que de Adolfo Ábalos mamó la parte más tradicional del folclore a la que después le adosó el resto?
-Y sí, lo que pasa es que nadie es vanguardista, ni nada. Sino que cada músico es una entidad. Hay gente que tiene capacidad de inventar y otros que no quieren inventar nada, y está bien tanto unos como otros.
-¿Piensa que a algunos le pueden molestar las innovaciones que usted hizo en el folclore?
-No es que les puede, les molestó a un montón. Eso siempre ocurre, a principios de siglo destruían teatros, rompían todo. Mientras toqué con otros, hice lo que me decían; ahora, cuando toqué como yo, ahí me rechazaron.
-¿Cree que si hubiese tomado el otro camino, el de tomar lo tradicional sin hacer innovaciones, tendría un público más popular y masivo?
-A mi me encanta la masividad, me encantaría ser masivo, pero no estoy dispuesto a sacrificar en lo más mínimo mi proyecto. Es importante hacer honestamente lo que uno hace. Estamos en una época donde todo es marketing, para cualquier cosa se hace un sondeo de opinión. Antes, en los 70, los políticos hacían propaganda y sus campañas políticas con los militantes. Ahora, las hacen con tipos que se dedican a la publicidad, cambió todo. Antes había una línea directa entre la gente y los candidatos; ahora los peinan, les sacan un diente...
Respeto por el Chaqueño
-¿Se siente de alguna manera en las antípodas de, por ejemplo, el Chaqueño Palavecino, el producto folclórico más masivo y popular de la actualidad?
-En realidad, el Chaqueño debe ser uno de los tipos más auténticos que andan tocando. Porque yo conozco la zona de donde es él y así cantan y hacen eso que hace él. Creo que el Chaqueño tiene un carisma especial que arrastra gente y la estructura marketinera se colgó de él, pero él mantiene su esencia. Uno hace eso desde el corazón y yo también hago lo que hago desde el corazón. Yo lo respeto mucho, en general respeto mucho a todos. Con el único que soy sumamente duro es conmigo. No opino sobre las estéticas de los otros porque hay tantas estéticas como artistas.
-¿Tiene algún referente musical que lo conmueva o que lo haya influenciado especialmente?
-Muchos, yo soy un tipo absolutamente influenciable (risas). Acá hubo un músico maravilloso que ahora nadie lo nombra, Hugo Díaz, que compuso una música que no tenía fronteras. En una época, los músicos que venían a Buenos Aires a tocar pedían que Hugo Díaz les hiciera la introducción con la armónica. Era santiagueño y monoaural, escuchaba de un solo oído. Era una cosa impresionante.
-¿Qué música escucha en sus ratos de ocio?
-De todo menos mis discos. A mis discos no los escucho nunca más que cuando los hago. Un disco es lo que tocás ese día cuando lo grabaste y no se vuelve a repetir nunca más. Cuando toco sólo es como que voy improvisando y jugando conmigo mismo porque me divierte y me ayuda a mantenerme despierto y atento. Yo mismo me voy sorprendiendo con cosas que hago. Hay un tema que dice que cuando un negro baila, en lugar de ir hacia fuera va hacia adentro de él, y esa es la verdad, los negros bailan para adentro, bailan para ellos y solo están conectados a la música. Y a mí me pasa lo mismo, cuando yo toco me voy para adentro y salgo recién cuando terminé.
-A la hora de componer, ¿prefiere enfocarse en paisajes, en vivencias personales, o en qué?
-Un solo tema en mi vida compuse sobre un paisaje, después nunca más. Para mí, el mejor paisaje de cualquier parte, y el inagotable, es la gente. Vos te podés ir al lugar más bello, una montaña con una cascada y no sé qué cosa, y está bueno; pero lo que es dinámico es el ser humano. El árbol y la piedra van a quedar ahí, la cascada no se va a mover de lugar, pero el ser humano puede estar triste, puede estar alegre, puede reír y puede llorar.
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Buenos Aires, su lugar en el mundo
-Usted vivió en Buenos Aires, Mar del Plata, en Córdoba y en California. De todos esos lugares, ¿con cuál se queda?
-Me quedo con la Argentina, la vivo recorriendo. Pese a todo lo mal que hablan los porteños de Buenos Aires, yo soy feliz en Buenos Aires. Me molestan los embotellamientos y ese tipo de cosas, pero es una ciudad maravillosa y los tipos que han viajado corroboran esto que yo te digo. No hay otra ciudad como esta. Ni París, ni Nueva York tienen la oferta cultural que tiene Buenos Aires, y no te lo digo de chauvinismo. Desde teatro del que se te ocurra, presentaciones de libros, recitales, hay 500 bandas de rock en Buenos Aires y el Gran Buenos Aires con códigos propios. Yo vivo en San Telmo y extraño a Buenos Aires cuando estoy lejos.
-¿Cómo reciben su música en el exterior cuando viaja a tocar?
-Muy bien, porque el idioma que se utiliza es la música, no hay estereotipo, es un idioma universal. En Europa eso vale mucho. Ahora, en Estados Unidos si la gente no entiende lo que vos estás diciendo, se raya, quiere saber lo que vos decís. En un lugar que se llama La Tentación, en Bruselas, nos cruzamos con el Chango Spaziuk en una gira y tocamos con una semana de diferencia, y a él le pasa lo mismo porque él no habla, se sube, toca chamamé y lo reciben maravillosamente.
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